La Reina de las Nieves
Gerda viaja al lejano norte para derretir, con su corazón cálido, la astilla de hielo clavada en el corazón de su amigo Kai.
- Un poco de miedo
- Un poco triste
- Peligroso
Hace mucho, mucho tiempo, un trol malvado fabricó un espejo muy extraño. Todo lo bueno y bonito se encogía en él hasta quedar del tamaño de un guisante, y todo lo malo se hinchaba como una rana después de la lluvia. El trol se reía tanto de su invento que el espejo se le escurrió de las garras (¡clinc!) y se hizo añicos en millones de astillitas diminutas.
El viento recogió aquellas astillas y las esparció por todo el mundo. Si una de esas motitas se le metía a alguien en el ojo, esa persona solo veía lo malo a su alrededor. Y si se le clavaba en el corazón, el corazón se le enfriaba y se convertía en un pedacito de hielo.
En una gran ciudad, justo bajo los tejados, vivían dos niños: un niño llamado Kai y una niña llamada Gerda. Sus ventanitas se miraban la una a la otra por encima de una callejuela estrechita. Entre ellas, los padres pusieron unas cajas de madera con tierra y plantaron rosas. En verano, los niños se sentaban en sus banquitos entre las flores, balanceaban las piernas y canturreaban:
—¡Florecen las rosas en nuestra ventana, y juntos estamos como el sol y la mañana!
En invierno, los cristales se cubrían de dibujos de escarcha. Los niños apoyaban en ellos las manitas calientes, derretían un agujerito redondo y se saludaban con la mano. Y por la noche, la abuela de Kai les contaba cuentos.
—¿Veis cómo cae la nieve? —decía—. Son abejitas blancas que van en enjambre. Y el enjambre tiene su reina: la Reina de las Nieves. Por la noche sobrevuela la ciudad, se asoma a las ventanas, y con su mirada los cristales se cubren de flores de hielo.
—¿Y puede entrar en nuestra casa? —preguntó Gerda con un hilito de voz.
—¡Que lo intente! —se rio Kai—. La siento en la estufa caliente, ¡y se derrite!
Esa misma noche, Kai se asomó por el agujerito redondo. Un copo de nieve grande se posó en el borde de la caja y empezó a crecer y crecer... hasta convertirse en una dama alta, con un vestido blanco tejido con miles de estrellitas. Tenía un rostro hermoso, pero de hielo, y sus ojos brillaban como dos estrellas frías. La dama saludó a Kai con la cabeza y le hizo señas con la mano. El niño se apartó de la ventana de un salto, y al otro lado del cristal algo revoloteó, como un gran pájaro blanco.
Llegó el verano. Un día, Kai y Gerda estaban hojeando un libro de dibujos cuando, de pronto, sonó el reloj de la torre de la ciudad: ¡bom!
—¡Ay! —gritó Kai—. ¡Algo me ha pinchado en el corazón! ¡Y se me ha metido algo en el ojo!
Gerda lo abrazó y le miró los ojos, pero no se veía nada.
—Ya se me ha pasado —gruñó Kai.
Pero no se le había pasado. Eran las astillas del espejo mágico, que le habían dado de lleno en el ojo y en el corazón. De repente, Kai puso mala cara:
—¿Por qué lloriqueas? ¡Qué fea te pones cuando lloras! Y estas rosas... ¡puaj! Esta tiene gusanos, y esta está torcida.
Le dio una patada a la caja y arrancó dos flores. Desde entonces, Kai fue otro. Se burlaba de la abuela imitándola, se reía de Gerda, y en invierno salía a la calle con una lupa para mirar los copos de nieve.
—¡Mira qué perfectos! —decía—. Ni una sola manchita. No como tus flores.
Un día de mucho frío, Kai corrió con su trineo a la plaza. Allí los chicos enganchaban sus trineos a los carros de los campesinos y se dejaban llevar. Y de pronto (¡tilín, tilín!) entró en la plaza un gran trineo blanco. Lo conducía alguien envuelto en un abrigo de piel blanco y peludo. Kai ató en un santiamén su trineo a aquel trineo grande... y salió disparado.
El trineo salió de la ciudad. La nieve empezó a caer tan espesa que Kai no se veía ni las manos. Quiso desatar la cuerda, pero su trineo parecía pegado. El niño gritó, pero nadie lo oyó. Se esforzaba por recordar la cancioncita de la abuela, pero en la cabeza solo le daba vueltas la tabla de multiplicar.
Por fin el trineo se detuvo. Quien lo conducía se puso de pie: era ella, la Reina de las Nieves.
—¿Tienes frío? —le preguntó—. Métete aquí, bajo mi abrigo.
Le dio un beso en la frente. El frío le llegó hasta el mismísimo corazón, pero solo un instante. Luego Kai se sintió ligero y ya no notó la helada. La Reina lo besó otra vez, y él se olvidó de Gerda, de la abuela y de las rosas de la ventana.
—No te besaré más —dijo la Reina—. Ahora eres mío.
Y el trineo se elevó por encima de bosques oscuros y de mares, hacia donde aullaban los vientos y brillaba una luna fría.
Gerda esperó a Kai mucho tiempo. La gente murmuraba que quizá el niño se había caído al río. Gerda lloró todo el invierno. Y en primavera salió a la puerta y le preguntó al sol:
—¿Kai no volverá?
—¡No creemos que se haya perdido! —respondió el sol.
—¡No lo creemos! —trinaron las golondrinas.
Y Gerda también dejó de creer que Kai se hubiera perdido. Al amanecer, se puso sus zapatitos rojos nuevos y fue al río.
—Río, ¿fuiste tú quien se llevó a Kai? ¡Te doy mis zapatitos, pero devuélvemelo!
Echó los zapatitos al agua, pero las olas se los devolvieron. Entonces Gerda se subió a una barquita para lanzarlos más lejos... y la barquita se soltó y se fue río abajo.
«¿Y si el río me lleva hasta Kai?», pensó Gerda, y se tranquilizó.
La barca llegó a un huerto de cerezos. De allí salió una viejecita con un bastón de mango curvo y un gran sombrero pintado de flores. Con el bastón acercó la barca a la orilla.
—¡Ay, pobrecita mía! —exclamó la viejecita, juntando las manos—. Ven conmigo, que te daré de comer.
Aquella abuelita sabía un poco de magia. No era mala; solo deseaba muchísimo tener a su lado a una niña tan dulce. Mientras Gerda comía cerezas, la viejecita le peinaba el pelo con un peine de oro, y Gerda, poco a poco, se iba olvidando de Kai. Y todas las rosas del jardín, la abuelita las escondió bajo tierra para que no le recordaran a la niña a su amigo.
Gerda jugaba entre las flores el día entero. Allí florecían tulipanes y campanillas, lirios anaranjados y diminutas nomeolvides, y todas olían tan bien que a una le daba vueltas la cabeza. Pero a Gerda siempre le parecía que faltaba alguna flor.
Un día miró el sombrero de la abuelita... ¡y allí había una rosa pintada! La anciana se había olvidado de borrarla. Gerda se acordó de la ventanita, de los banquitos, de la canción... y se echó a llorar. Sus lágrimas cayeron justo donde se escondía el rosal. Este brotó, floreció y susurró:
—Hemos estado bajo tierra. Kai no está allí. ¡Corre!
Gerda salió corriendo del jardín, descalza. Fuera ya era otoño: en el jardín mágico siempre era verano, y la niña no se había dado cuenta de que habían pasado los meses.
Gerda caminó mucho, hasta que se sentó a descansar. Entonces, saltito a saltito por la nieve, se le acercó un cuervo.
—¡Cra-a! ¿Adónde vas, niña, tan solita?
Gerda se lo contó todo.
—¡Cra-a! Puede que haya visto a tu Kai —dijo el cuervo, asintiendo con la cabeza—. Aquí, en el palacio, vive una princesa tan lista que se ha leído todos los libros del mundo. Quiso casarse, pero solo con alguien que supiera conversar, y no con uno que se quedara ahí plantado dándose aires. Vinieron muchos muchachos, y todos se quedaban cortados. Y luego llegó uno con los ojos brillantes y unas botas que hacían ñic-ñic sobre el parqué. ¡Y no se asustó ni un poquito!
—¡Es Kai! —se alegró Gerda—. ¡Justo tenía botas nuevas!
Por la noche, el cuervo llevó a Gerda por una escalera secreta hasta el dormitorio. Gerda levantó la lámpara, miró... No, no era Kai. El muchacho se despertó, y Gerda se echó a llorar de tal manera que el príncipe y la princesa empezaron a ir de un lado a otro a su alrededor sin saber qué hacer. Escucharon su historia, le dieron de comer y la acostaron. Y por la mañana le regalaron un abriguito de piel, un manguito, unas botitas y una carroza de oro.
—¡Buena suerte! —le gritaron desde la escalinata. Y el cuervo voló a su lado tanto como pudo, despidiéndose con el ala.
La carroza entró en un bosque oscuro y relucía entre los árboles como una antorcha. Los bandidos la vieron enseguida.
—¡Oro! ¡Oro! —rugieron. Saltaron de los arbustos y sujetaron a los caballos.
La vieja bandida, bigotuda y redonda como un tonel, ya tiraba de la manga de Gerda cuando, de pronto, ¡ñam!, su propia hija le dio un mordisco en la oreja.
—¡Ay, ay! ¿Pero qué haces?
—¡Va a jugar conmigo! —dijo la pequeña bandida, dando un pisotón—. ¡Su manguito será mío, y dormirá conmigo!
La bandida era tan alta como Gerda, pero más fuerte, con ojos negros y el pelo alborotado. Se llevó a Gerda a un viejo castillo donde unas palomas zureaban bajo el techo y, junto a la pared, había un reno atado.
—Hay que tenerlo atado con una cuerda, o se escapa —explicó la bandida—. Y ahora cuéntame: ¿eres una princesa?
Gerda le habló de Kai. Entonces, desde su percha, las palomas torcaces dijeron:
—¡Currú, currú! ¡Hemos visto a Kai! Iba sentado en el trineo de la Reina de las Nieves. Pasaron volando sobre el bosque, hacia el norte.
—¿Hacia el norte? —repitió Gerda—. Reno, ¿tú sabes dónde está eso?
—¿Quién lo va a saber, si no yo? —Los ojos del reno brillaron—. Allí, en Laponia, hay nieve y hielo, y todo es libre e inmenso. Y el palacio de la Reina de las Nieves está en una isla, en el mismísimo fin del mundo.
Por la mañana, mientras los bandidos roncaban, la pequeña bandida desató al reno.
—La llevarás al palacio de la Reina de las Nieves —le ordenó—. ¿Me oyes? Y tú, Gerda, toma: aquí tienes tus botitas; el manguito me lo quedo, que es demasiado bonito. Toma también los guantes de mi madre: son enormes, te llegarán hasta los codos. ¡Venga, corred antes de que me arrepienta!
Gerda lloraba de alegría, y la pequeña bandida se enfadaba:
—¡No llores! ¡Ahora lo que tienes que hacer es estar contenta!
El reno corrió por bosques y pantanos, de día y de noche. Y en el cielo se encendía la aurora boreal, verde, rosa y violeta, como si alguien estuviera colgando allí cintas mágicas.
Primero se detuvieron en la casita bajita de una mujer lapona. Ella le dio de comer a Gerda y luego garabateó unas palabras en un bacalao seco.
—No tengo papel —explicó—. Llevadle esto a la mujer finlandesa. Ella sabe más que yo.
En la casita de la finlandesa hacía tanto calor que la dueña andaba solo con una camisa finita. Leyó el bacalao tres veces y luego lo echó a la olla: ¿para qué desperdiciar un buen pescado?
—Tú que eres tan sabia —le rogó el reno—, dale a la niña la fuerza de doce gigantes, para que pueda vencer a la Reina de las Nieves.
La finlandesa se quedó callada mucho rato. Luego le susurró al reno al oído:
—Kai está allí, es verdad. Le gusta el palacio porque tiene en el corazón una astilla del espejo. Mientras siga ahí clavada, el niño no se descongelará. Pero no puedo darle a Gerda una fuerza mayor que la que ya tiene. ¿No ves cómo la ayudan las personas y los animales? Su fuerza está en su corazón cálido. No lejos de aquí empieza el jardín de la Reina. Lleva hasta allí a la niña y déjala junto al arbusto de bayas rojas.
El reno salió corriendo. Pero con las prisas, Gerda se olvidó las botitas y los guantes. Junto al arbusto, el reno se detuvo, le dio un lametón en la mejilla, y de sus ojos rodaron unas lágrimas muy gordas. Y Gerda siguió corriendo sola, descalza, sobre el hielo.
Hacia ella avanzaban los copos de nieve: enormes, greñudos, espantosos, como erizos o como osos. Era la guardia de la Reina de las Nieves. Gerda tiritaba de frío. Pero el aliento que salía de su boca se convertía en pequeños guardianes de luz. Cuanto más avanzaba, más había. Se lanzaban contra los monstruos de nieve (¡crac!) y estos se deshacían en polvo. Y Gerda sentía cada vez más calor.
El palacio de la Reina de las Nieves tenía paredes de ventisca, y ventanas y puertas de viento cortante. Cientos de salones brillaban con la luz de la aurora boreal. En medio del salón más grande había un lago helado, resquebrajado en miles de pedacitos iguales. La Reina se sentaba sobre él cuando estaba en casa y lo llamaba el Espejo de la Razón. Pero ahora no estaba: se había ido volando a los países cálidos a espolvorear de nieve los volcanes.
Kai estaba sentado junto al lago, azul de frío. Pero no se daba cuenta, porque su corazón se había vuelto un pedacito de hielo. El niño iba juntando trozos planos de hielo, como si fuera un rompecabezas. La Reina le había prometido que, si formaba con ellos la palabra «Eternidad», sería su propio amo, y ella le regalaría el mundo entero y un par de patines nuevos. Pero no había manera de que saliera la palabra.
Gerda vio a Kai y se le echó al cuello.
—¡Kai! ¡Mi querido Kai! ¡Por fin te he encontrado!
Kai seguía inmóvil y frío. Entonces Gerda se echó a llorar. Sus lágrimas calientes le cayeron en el pecho, llegaron hasta su corazón, derritieron el hielo y arrastraron la astilla. Kai miró a la niña, y ella cantó bajito:
—¡Florecen las rosas en nuestra ventana, y juntos estamos como el sol y la mañana!
Kai sollozó... y rompió a llorar. Lloró tanto que la otra astilla también se le salió del ojo.
—¡Gerda! ¡Mi querida Gerda! ¿Dónde has estado tanto tiempo? ¿Y dónde estoy yo? —Miró a su alrededor—. ¡Qué frío hace aquí! ¡Qué vacío está todo!
Se abrazó con fuerza a Gerda, y ella reía y lloraba a la vez. Y todo se llenó de tanta alegría que hasta los trocitos de hielo se pusieron a bailar, y cuando se cansaron, se colocaron solos formando la palabra «Eternidad». Ahora Kai ya no necesitaba pedirle nada a la Reina.
Gerda le besó las mejillas, y se le pusieron sonrosadas. Le besó los ojos, y le brillaron. Kai se levantó, sano y alegre. De la mano, los niños salieron del palacio.
Junto al arbusto de bayas rojas los esperaba el reno y, a su lado, una joven hembra de reno con leche calentita. Los renos llevaron a los niños a casa de la finlandesa, donde entraron en calor, y luego a la de la lapona, que les cosió ropa nueva y les arregló el trineo. En el linde del bosque, donde asomaba la primera hierbecita, los renos se despidieron.
Y del bosque salió a su encuentro, montada en un caballo precioso, la pequeña bandida, con un gorro rojo y el manguito en la mano. Se iba a ver mundo. La bandida reconoció a Gerda y miró a Kai de arriba abajo.
—¡Menudo vagabundo estás hecho! —le dijo—. ¿Merecía la pena correr hasta el fin del mundo por ti?
Pero Gerda solo le acarició la mejilla y le preguntó por el príncipe y la princesa.
—Viven felices —respondió la bandida—. Y el cuervo es ahora su invitado de honor.
Los niños siguieron su camino, y a su alrededor florecía la primavera. Y allí estaba su ciudad, y la escalera de siempre, y el reloj de la abuela haciendo tic-tac. Solo que la puerta, no sabían por qué, les pareció más baja. Kai y Gerda se miraron y comprendieron que habían crecido durante el viaje.
En las ventanas florecían las rosas. La abuela estaba sentada al sol, leyendo. Kai y Gerda se sentaron en sus viejos banquitos, se dieron la mano... y la belleza fría y vacía del palacio de la Reina de las Nieves se les olvidó como un mal sueño. Los dos eran ya mayores, pero en el corazón seguían siendo niños. Y fuera hacía un verano cálido y amable.





