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Cuentos

El Cascanueces y el Rey de los Ratones

En Nochebuena, Marie salva al Cascanueces de madera del Rey de los Ratones de siete cabezas, y él la lleva al mágico Reino de las Muñecas.

  • Un poco de miedo
  • Un poco peligroso
Para las familias

En Nochebuena, a los hijos del doctor Stahlbaum no los dejaron entrar en el salón en todo el día. Marie, que tenía siete años, y su hermano Fritz estaban sentados en la penumbra del cuarto de los niños, escuchando. Al otro lado de la puerta algo crujía, golpeteaba y tintineaba bajito.

—Es el padrino Drosselmeyer —susurró Fritz—. ¡Lo he visto entrar con una caja así de grande!

El padrino Drosselmeyer no era un hombre corriente. Era bajito y enjuto, llevaba un parche negro en un ojo y una peluca de cristal que brillaba. Sabía arreglar cualquier reloj, incluso uno que ya hubiera olvidado cómo hacer tictac. Y cada Navidad fabricaba para los niños algún juguete ingenioso.

De pronto —¡tilín, tilín, tilín!— sonó una campanilla de plata. Las puertas se abrieron de par en par, y los niños se quedaron inmóviles en el umbral.

En medio del salón resplandecía el árbol de Navidad. De sus ramas colgaban manzanas doradas, nueces azucaradas y caramelos de colores, y cientos de velitas parpadeaban como estrellas. Fritz corrió con un grito de alegría hacia un nuevo escuadrón de húsares en caballos blancos. Debajo del árbol, Marie encontró una muñeca con un vestido de seda y se quedó mirándola casi sin respirar.

Y el padrino había traído un castillo entero, con torres. Por sus ventanitas paseaban damas y caballeros diminutos que se hacían reverencias, y un niño pequeño vestido de verde salía al balcón y volvía a esconderse.

—¿Y no puede salir por el otro lado? —preguntó Fritz.

—No puede —resopló el padrino—. El mecanismo está hecho así.

—Entonces es aburrido —dijo Fritz encogiéndose de hombros, y volvió con sus húsares.

El padrino se enfurruñó un poco. Mientras tanto, Marie vio a alguien más junto al árbol. Allí estaba, muy modesto, un hombrecillo de madera. Tenía la cabeza demasiado grande y las piernecitas demasiado finas, pero su uniforme violeta con botones blancos le sentaba de maravilla. Llevaba una barbita blanca como de algodón, y sus ojos eran verdes, bondadosos y un poquito tristes.

—Papá, ¿y este de quién es? —preguntó Marie en voz baja.

—De los dos —sonrió el padre—. Es el Cascanueces. Sirve para cascar nueces. Mira.

El padre le puso una nuez en la boca al hombrecillo, tiró de su capita de madera —¡crac!—, la cáscara se partió y el fruto cayó en la palma de Marie.

Marie elegía para el Cascanueces las nueces más pequeñas y le daba de comer con cuidado, como a un pajarito. Pero Fritz también quiso probar. Le metió al Cascanueces la nuez más grande y más dura, apretó con todas sus fuerzas —¡crac, cras!— y tres dientecitos de madera cayeron al suelo, mientras la mandíbula le colgaba sin remedio.

—Vaya soldado más inútil —refunfuñó Fritz.

—¡Ha sido culpa tuya! —gritó Marie, y apretó al Cascanueces contra su pecho.

Se desató una cinta blanca del vestido y le sujetó la mandíbula con mucho cuidado.

—No pasa nada —le susurraba—. El padrino te arreglará. Y mientras tanto, yo te cuidaré.

Ya de noche, todos se fueron a dormir, pero Marie le suplicó a su madre que la dejara quedarse un ratito más en el salón. Acomodó al Cascanueces en la vitrina de los juguetes, en la camita más blanda de su muñeca, y ya estaba a punto de irse.

De repente, el reloj de la pared empezó a silbar y a carraspear. Encima había una lechuza dorada. Bajó las alas, inclinó la cabeza... y a Marie le pareció que no era una lechuza, sino el padrino Drosselmeyer, que la miraba con su único ojo.

¡Dong! ¡Dong! El reloj dio doce campanadas.

Y entonces, desde todos los rincones, se oyó rascar, chillar y corretear. Por las rendijas del suelo asomaban cientos de ojillos brillantes. Los ratones salían fila tras fila y formaban como un verdadero ejército. Y en medio de la habitación, el suelo se levantó de golpe y, con un gran crujido, salió de él un ratón enorme con siete cabezas. En cada cabeza brillaba una corona de oro.

—¡Iii, iii, iii! —chillaron las siete cabezas a la vez.

Marie gritó y retrocedió hacia la vitrina. Con el codo golpeó el cristal: ¡clinc! Y detrás del cristal, algo se movió.

El Cascanueces se levantó de la camita, desenvainó un sable diminuto y exclamó:

—¡Tambor, toca a rebato! ¡Adelante, amigos míos!

El tambor retumbó: ¡rataplán! Los juguetes cobraron vida. Los húsares de Fritz, los hombrecillos de jengibre, un payaso con cascabeles, incluso el pastorcillo de porcelana: todos saltaron de los estantes. El Cascanueces bajó de un brinco y se puso al frente del ejército.

Empezó una batalla como nunca había visto aquella habitación. Los cañones de juguete disparaban guisantes y caramelos: ¡pum!, ¡pum! Los ratones se colaban por todas partes, les arrancaban a mordiscos los botones de pasas a los hombrecillos de jengibre y tiraban de la cola a los caballos de los húsares. El payaso se defendía con sus cascabeles —¡tilín, tilín!—, y el pastorcillo se escondía detrás de la pata de una silla y amenazaba a los ratones con su cayado.

Pero había demasiados ratones. Los juguetes retrocedían paso a paso, hasta que el Cascanueces quedó acorralado contra la vitrina. El Rey de los Ratones chillaba con siete voces y estiraba hacia él sus siete hocicos.

—¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo! —gritó el Cascanueces.

Marie ya no pensaba en el miedo. Se quitó una zapatilla y la lanzó con todas sus fuerzas directa al Rey de los Ratones.

¡Paf!

Y todo desapareció. Ni ratones, ni rey, ni batalla. Solo le ardía el brazo, porque Marie se había cortado con el cristal roto. La cabeza le daba vueltas, y la niña se dejó caer despacito al suelo.

Marie se despertó en su cama. Por la ventana se veía caer la nieve, y a su lado estaba sentada su madre.

—¡Qué susto nos diste! —dijo su madre—. Te encontramos por la noche junto a la vitrina, con un corte en el brazo. Seguro que te quedaste jugando hasta muy tarde.

—Mamá, ¡hubo una batalla! ¡Un Rey de los Ratones con siete cabezas! Y el Cascanueces...

—Ay, hija mía —suspiró su madre, acariciándole el pelo—. Lo has soñado todo.

Nadie la creía. Ni mamá ni papá, y Fritz no paraba de reírse. Solo el padrino Drosselmeyer, que vino a visitar a la enferma, la escuchó con atención y en silencio. Le trajo al Cascanueces con la mandíbula ya arreglada y se sentó junto a la cama.

—¿Quieres que te cuente el cuento de la nuez dura? —le preguntó.

Y se lo contó. Hace mucho tiempo, en un reino lejano, vivía la princesa Pirlipat. Ratilda, la reina de los ratones, se enfadó con el rey y hechizó a su hija: la princesa se volvió fea, con una cabeza enorme y una boca muy ancha. Solo podía romper el hechizo la maravillosa nuez Krakatuk, y únicamente si la cascaba con los dientes un muchacho que nunca se hubiera afeitado ni llevado botas. Ese muchacho apareció: era el sobrino del relojero de la corte. Cascó la nuez —¡crac!— y la princesa volvió a ser bonita. Pero al retroceder, el muchacho pisó sin querer la cola de Ratilda. Ella chilló y esta vez lo hechizó a él. El muchacho se convirtió en un Cascanueces de madera, y la princesa le dio la espalda, porque se había vuelto torpe y ridículo.

—¿Y se le puede salvar? —susurró Marie.

—Se puede —asintió el padrino—. Si vence al hijo de siete cabezas de Ratilda. Y si lo quiere un corazón bueno, aunque no sea guapo.

Marie miró al Cascanueces. Le pareció que sus ojos verdes brillaban.

Desde entonces, cada noche, Marie oía debajo de la cama un chillido muy fino:

—¡Dame tus golosinas, niña! ¡O haré pedazos a tu Cascanueces a mordiscos!

Marie suspiraba y dejaba en el estante todos sus mazapanes. Por la mañana solo quedaban migas. A la noche siguiente, el rey exigió sus muñequitas de azúcar, después sus libros de dibujos y su vestido nuevo. Marie se lo daba todo. Pero una tarde el propio Cascanueces le habló:

—No le dé nada más. Deme solo una espada, una espada de verdad. Lo demás lo haré yo.

Marie fue a ver a su hermano. Fritz se rascó la cabeza y luego le desabrochó el sable a un viejo coronel de plomo que llevaba mucho tiempo descansando en el estante.

—Toma —dijo—. Que tu Cascanueces demuestre qué clase de soldado es.

Aquella noche Marie tardó mucho en dormirse. A medianoche, en el salón algo tintineó, retumbó, chilló... y se quedó en silencio. Luego alguien llamó suavemente a la puerta.

—Abra, por favor —dijo una vocecita conocida—. Todo ha terminado.

En el umbral estaba el Cascanueces. En una mano llevaba el sable; en la otra, siete coronitas de oro.

—El Rey de los Ratones ha huido —dijo—, y tenía tanta prisa que perdió todas sus coronas. Ya no volverá a molestarla. Acéptelas de mi parte. Y ahora... permítame enseñarle algo maravilloso.

Llevó a Marie hasta el gran armario del recibidor, donde colgaba el abrigo de pieles de viaje de su papá. El Cascanueces tiró de la borla de una manga y, como si saliera de un pasadizo mágico, bajó una escalerita de madera de cedro.

—Pase usted —dijo con una reverencia.

Marie subió... y se encontró en un prado que brillaba como si lo hubieran espolvoreado con azúcar glas. Olía a vainilla y a naranjas.

—Este es el Prado de Caramelo —explicó el Cascanueces—. Y aquí está la puerta.

La puerta estaba hecha de almendras y pasas. Detrás de ella susurraba el Bosque de Navidad: de los árboles colgaban frutas de oro y de plata, las ramas tintineaban como campanillas y de debajo de los arbustos asomaban flores de azúcar. Más allá corría el Río de Limonada —chis, chas, glu, glu—, y sobre él daban vueltas pececillos de plata. Junto al Lago de Miel estaba la Aldea de Jengibre, donde la gente horneaba pasteles en plena calle e invitaba a todo el que pasaba.

Marie no sabía adónde mirar primero.

—¡Qué bonito! —susurraba.

Por fin, detrás del Lago Rosa, por el que nadaban cisnes blancos, apareció un castillo. Era todo de mazapán, con torres que parecían pilones de azúcar, y brillaba tanto que había que entornar los ojos.

Salieron corriendo a su encuentro cuatro hermanas del Cascanueces: unas princesitas con vestidos de encaje.

—¡Hermanito! ¡Has vuelto! —gorjearon, y corrieron a abrazarlo.

—Esta niña me ha salvado la vida —dijo el Cascanueces, y le hizo a Marie una profunda reverencia.

Las princesas celebraron un banquete en su honor. En la mesa iban apareciendo cestas de fruta, tartas que cantaban con vocecitas finas y tacitas de chocolate caliente. Marie escuchaba la música, miraba las lucecitas, y los párpados le pesaban cada vez más...

Cuando abrió los ojos, estaba ya en casa, en su cama. Por la ventana se veía cómo se teñía de rosa la mañana de invierno.

—¡Mamá! ¡He estado en el Reino de las Muñecas! —Y Marie se lo contó todo: el prado, el bosque, el castillo de mazapán.

Su madre sonrió y negó con la cabeza. Entonces Marie sacó de debajo de la almohada siete diminutas coronas de oro. Su madre las estuvo mirando mucho rato y no logró entender de dónde habían salido.

Ese mismo día, Marie se acercó a la vitrina donde estaba el Cascanueces y le dijo en voz baja:

—No me importa que seas de madera y torpe. Nunca te abandonaré.

En ese mismo instante algo hizo clic, muy bajito. Y una hora después llegó de visita el padrino Drosselmeyer, y no venía solo. A su lado había un joven con una casaca roja bordada en oro. No muy alto, sonriente, y con unos ojos verdes, bondadosos y muy conocidos.

—Les presento —dijo el padrino— a mi sobrino.

El joven se acercó a Marie y le hizo una reverencia tan profunda como las que solo se hacen a las princesas.

—Gracias —dijo en voz baja—. Usted lanzó la zapatilla cuando yo peor lo estaba pasando. Y hoy ha dicho las palabras que han roto mi hechizo.

Marie se puso colorada. Fritz se quedó con la boca abierta y se olvidó de cerrarla.

Desde entonces, el joven Drosselmeyer iba a menudo de visita. Cascaba nueces para toda la familia, arreglaba los húsares de Fritz y jugaba al ajedrez con Marie. Y cuando Marie se hizo mayor, vino a buscarla en una carroza de oro tirada por caballos de plata y se la llevó al castillo de mazapán. En la boda bailaron veintidós mil muñecas, todas con perlas y diamantes.

Dicen que Marie sigue siendo la reina del Reino de las Muñecas. Allí resplandecen los Bosques de Navidad, brillan los transparentes castillos de mazapán y murmura el Río de Limonada. Y cualquiera puede verlo, si sabe mirar como miraba Marie.

¿Te ha gustado el cuento?

Adaptado de: E. T. A. Hoffmann, 1816

Para las familias

De qué trata

Nochebuena, juguetes que cobran vida y una batalla contra el Rey de los Ratones de siete cabezas: Marie defiende a un Cascanueces de madera roto. A los niños les encanta el reino mágico de dulces y ver que la bondad mira más allá de las apariencias.

Qué enseña

  • Bondad
  • Valentía

Preguntas para hablar con tu peque

  • ¿Por qué Marie sintió lástima por el Cascanueces, aunque era torpe y no tan bonito como los demás juguetes?
  • ¿Qué ayudó a Marie a vencer el miedo durante la batalla nocturna con los ratones?
  • ¿Qué lugar del Reino de las Muñecas te gustaría ver más y por qué?

En casa

Casca unas nueces con tu peque y pregúntale por qué Marie llegó a querer al torpe Cascanueces. Luego, que invente su propio país de golosinas y les ponga nombre a sus rincones.

Una frase para recordar

«No me importa que seas de madera y torpe. Nunca te abandonaré.»

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