Rexik, Trika y el misterio de las Grandes Huellas
Junto al pantano aparecen enormes huellas de tres dedos, y Rexik, como un auténtico detective, averigua quién anda de verdad por allí.
Dibujos para colorear de este cuento
- Un poco de miedo
- Un poco peligroso
Aquella semana apareció un gigante en el Valle de los Helechos. Por lo menos, eso decían todos los que habían visto sus huellas junto al Pantano Negro.
Todo empezó la tarde anterior. Rexik y Trika llegaron corriendo a casa llenos de barro hasta las cejas. Se habían pasado el día entero saltando de mata en mata por el pantano, a ver quién llegaba más lejos.
—¿Otra vez el pantano? —Papá frunció el ceño con tanta fuerza que sus pobladas cejas se juntaron—. ¿Cuántas veces os lo tengo que decir? ¡No vayáis allí!
—¿Y por qué? —preguntó Trika.
—¡Porque lo digo yo! —tronó papá.
Trika se encogió de hombros. El papá de Rexik tronaba todos los días, y todo el valle estaba más que acostumbrado.
—Pues he ganado yo —le susurró a Rexik—. Por tres matas enteras.
Aquella noche papá se quedó mucho rato detrás del nido. De allí llegaba un ruido: cric, cric, toc. Papá roía y tallaba con los dientes un tronco grueso, y las virutas volaban por todas partes.
—Papá, ¿qué haces? —preguntó Rexik.
—Un cuenquito para mamá —dijo papá, y tapó el tronco con la espalda.
Mamá, sin levantar la cabeza, dijo:
—Un cuenquito. Ya, ya.
Y por la mañana aparecieron huellas junto al pantano.
En cada una, Rexik habría podido acurrucarse hecho una bola. Tres dedos largos y, delante, hoyos profundos de las garras. Las huellas cruzaban el barro junto a los juncos, rodeaban el pantano y se perdían junto a unas piedras planas.
A la hora de comer, todo el valle se había reunido en la orilla. Los mayores daban vueltas, olfateaban, murmuraban y discutían.
—Tres dedos —dijo el tío Cuerno, señalando con su cuerno mellado—. Y grandes. ¿Y quién hay en el valle que tenga tres dedos y sea grande?
Todos se volvieron hacia el papá de Rexik.
—¡Esas no son mis patas! —rugió papá tan fuerte que las libélulas salieron disparadas de los juncos.
—Ahora lo veremos —dijo el tío Cuerno—. ¡Ponte ahí!
Papá metió el pie en la huella. Le cabía de sobra: el gigante era más grande que él por todo un paso de Rexik.
El tío Cuerno parpadeó, perplejo.
—Entonces... ¿hay alguien más grande que tú?
—Eso parece —dijo papá, y por alguna razón se puso a mirar las nubes con muchísima atención.
—¡Pues desde hoy, nadie pisa el pantano! —ordenó el tío Cuerno—. ¡Ni pequeños ni mayores!
—¡Ni una pata! —asintió papá, encantado—. ¡Ni la punta de la cola!
Seguramente era la primera vez en su vida que esos dos no discutían por nada.
Los mayores se fueron, pero Rexik se quedó. Encontró un palito recto y lo partió por la mitad de un mordisco, para que las dos mitades salieran iguales.
—¿Qué haces? —preguntó Trika.
—Medir —dijo Rexik—. Un detective de verdad primero mide y luego se asusta.
—¡Pues yo primero asusto y luego mido! —Trika tomó impulso y dio un pisotón en el barro. ¡Bum!
Su huella salió completamente distinta: redonda, ancha y con cuatro dedos cortos delante, como si alguien hubiera plantado en el barro un tocón con cuatro botones.
—¿Ves? —Rexik acercó el palito—. Los tricerátops dejan huellas redondas. En las patas de atrás tienen cuatro dedos, y en las de delante, cinco. Pero nosotros, los tiranosaurios, tenemos tres dedos largos, como un pajarito. —Puso su propio pie al lado—. Así que este gigante es un tiranosaurio.
—Un pariente tuyo —dijo Trika con solemnidad.
—¿Y si mejor no dices eso? —le pidió Rexik.
Fue siguiendo el rastro y midió cada huella. Y con cada una fruncía más el ceño.
Primero: las huellas no empezaban en ningún sitio. La primera estaba justo al lado de las piedras, como si el gigante hubiera caído del cielo y hubiera echado a andar sin más. La última, también junto a las piedras. Y en las propias piedras, nada.
Segundo: el palito se hundía siempre igual en cada huella, hasta la misma muesca. En el barro blando, igual; en la arcilla dura, exactamente igual. Pero papá, ese mismo día, se había hundido en el barro hasta los tobillos, porque papá pesa mucho. Un gigante más grande que papá tendría que hundirse todavía más.
Tercero: los pasos eran regulares, como dibujados. Un animal de verdad unas veces da un paso más largo, otras uno más corto, otras rodea un charco. Pero este gigante no había rodeado ni uno solo.
Y cuarto... En el dedo del medio de cada huella había un pequeño hoyuelo redondo. Siempre el mismo. En cada huella izquierda, y en cada huella derecha también. Como si aquel dedo tuviera un nudo, igual que la madera.
Rexik se quedó mucho rato mirando aquel hoyuelo. Y se acordó: cric, cric, toc.
—¿Y bien? —preguntó Trika, impaciente—. ¿Qué pasa?
—Todavía no lo sé —dijo Rexik. Y eso era casi verdad.
—¡Entonces vamos a seguirle la pista! —Trika dio un saltito—. Esta noche. ¡Nos esconderemos detrás de la Gran Piedra y veremos al gigante con nuestros propios ojos!
—¿Y si mejor no? —dijo Rexik—. El tío Cuerno ha dicho que nadie pise el pantano.
—Pero no vamos al pantano. Vamos a la piedra. ¡Una piedra no es un pantano!
Rexik suspiró. Sabía que Trika iría aunque fuera sin él. Y, además, tenía muchísimas ganas de saber si había medido bien.
Por la noche papá no talló nada. Estaba calladísimo, y cuando salió la luna se echó al hombro un bulto pesado envuelto en hojas.
—Voy a pescar un rato —dijo.
—¿De noche? —preguntó mamá.
—De noche los peces están... dormidos. Se te meten solitos en la boca.
—Ya, ya —dijo mamá.
En cuanto se apagaron los pasos de papá, Rexik se escabulló del nido. Junto a los helechos ya lo esperaba Trika, y su gorguera amarilla brillaba bajo la luna como un farol.
—Esconde la gorguera —susurró Rexik.
—¿Y cómo lo escondo? ¡Si la llevo pegada a la cabeza!
Se acercaron a hurtadillas hasta la Gran Piedra y se tumbaron detrás. Del pantano subía un aire frío. Croaban las ranas. En algún lugar, en la oscuridad, algo borboteaba: blup... blup.
Durante mucho rato no pasó nada. Trika ya había empezado a bostezar cuando, de repente, las ranas se callaron.
Toc.
Toc.
Toc.
Por encima de los juncos se alzó una enorme sombra negra. Se agachaba, ponía algo en el barro, lo pisaba y seguía adelante.
—¡El gigante! —Trika apuntó con sus cuernecitos—. Ahora mismo lo...
—¡Chis! —Rexik la agarró de la gorguera—. ¡Escucha!
La sombra canturreaba una canción. Y desafinaba tanto que las ranas seguramente querían taparse los oídos:
—Quien pise el pa-antano... toc... lo va a lamenta-ar... toc...
Trika bajó los cuernecitos.
—Rexik —dijo despacio—. Solo conozco a uno que cante así.
—Y yo —suspiró Rexik.
La luna salió de detrás de una nube. Junto al pantano estaba papá. Sostenía un bloque de madera, roído con la forma de una gran huella de tres dedos. Lo ponía en el barro, lo apretaba con el pie —¡toc!— y lo llevaba un paso más allá. Y él caminaba por las piedras planas, donde no quedan huellas.
En ese momento crujieron los juncos y de ellos saltó el tío Cuerno.
—¡AJÁ! —rugió—. ¡Te atrapé, gigante!
Papá se asustó tanto que se le cayó el bloque. ¡Plof! Y se quedó clavado en el barro hasta los dedos.
Resultó que el tío Cuerno también estaba al acecho. Quería atrapar él solo al gigante y luego pasarse el resto de su vida contando quién era el más valiente del valle.
Pero ahora miró a papá, miró el bloque... y soltó tal carcajada que de los juncos salieron volando todas las libélulas que aún quedaban.
—¡Un gigante! —se partía de risa—. ¡Un gigante con un taquito de madera! ¡Más grande que tú por todo un paso! ¡Ay, que no puedo más!
Papá se quedó allí plantado, sin saber adónde mirar. Entonces vio a Rexik y a Trika salir de detrás de la piedra.
—¿Y vosotros qué hacéis aquí? —preguntaron a la vez papá y el tío Cuerno.
—Cazar al gigante —dijo Trika con sinceridad—. Igual que vosotros.
Rexik se acercó a papá.
—Papá, ¿por qué?
Papá se quedó callado mucho rato. Rexik nunca lo había visto tan callado.
—Para que no fuerais al pantano —dijo papá por fin—. Yo os lo decía, y vosotros ibais igual. Así que pensé: os asustaré. A un gigante sí que le haríais caso.
—¿Y por qué no nos explicaste sin más por qué no se puede ir allí?
Papá se sentó en una piedra.
—Cuando yo era pequeño como tú —empezó—, me quedé atrapado en este pantano. Hasta la barriguita. El barro tiraba de mí hacia abajo, y cuanto más pataleaba, más me hundía. Mi papá estuvo sacándome hasta el amanecer.
El tío Cuerno dejó de reírse. Trika miraba a papá con sus grandes ojos verdes muy abiertos.
—¿Eso también te lo inventas? —preguntó en un susurro.
—No —dijo papá—. Eso, precisamente, es verdad.
El tío Cuerno carraspeó.
—Bueno —dijo, ya no tan fuerte—, es la primera vez que te oigo decir la verdad. Por algo así valía la pena pasar la noche entera entre los juncos.
Volvieron todos juntos a casa. El bloque lo llevaba Rexik.
Mamá no dormía. Estaba sentada junto al nido y no se sorprendió ni un poquito.
—¿Lo sabías? —exclamó Rexik.
—Un cuenquito, decía —contestó mamá—. Tres noches seguidas. Y en el nido, ni rastro de cuenquito. Las orejas de mamá lo oyen todo, hijo. Hasta cómo cruje un tronco.
Papá se puso colorado, aunque ya de por sí era de un naranja rojizo.
A la mañana siguiente, todo el valle sabía lo del gigante del taquito de madera. Nadie sabía decir cómo se habían enterado. Aunque el tío Cuerno, seguramente, sí lo sabía.
Estuvo burlándose de papá muchísimo tiempo. Cada vez que papá iba al río, el tío Cuerno gritaba para que lo oyera todo el valle:
—¡Cuidado! ¡Que viene el gigante! ¡Esconded los troncos!
Y papá, por primera vez en su vida, no supo qué contestar más fuerte.
—¿Y ahora ya podemos ir al pantano? —preguntó Trika—. ¡Si no hay gigante!
—¡NO! —bramaron a la vez papá y el tío Cuerno.
Les salió tan exactamente igual de fuerte que ni siquiera pudieron discutir quién había gritado más.
—Gigante no hay —dijo mamá con dulzura—. Pero pantano, sí.
Trika suspiró y esta vez no discutió. Primero se lo pensó.
Por la noche, Rexik se sentó junto a su repisa. Allí estaban un guijarro a rayas, una pluma y una concha. Y ahora, en medio, estaba el bloque de madera con forma de huella, con tres dedos y un nudito en el del medio.
—El tesoro del día —dijo Rexik.
—La vergüenza del día, más bien —refunfuñó papá.
Rexik se metió en su nido. Papá se acomodó a su lado y empezó, como siempre:
—Cuando yo era pequeño como tú...
Y se calló. Se lo pensó.
—... me quedé atrapado en el pantano. Y es verdad.
—Esa ya la he oído —sonrió mamá—. Pero esta se puede oír dos veces.
Rexik cerró los ojos. La historia verdadera de papá daba más miedo que cualquier gigante. Y ahora, sin necesidad de bloques de madera, sabía por qué no se podía ir al pantano. Y con ese pensamiento se quedó dormido.





